Un Pene Insolente

Un pene insolente es aquel que no muestra ningún signo de educación en la cama. No pregunta, no respeta, y cuando lo hace, desobedece a la primera de cambio. Un pene insolente es aquel que sientes te empotra en mitad de la noche, sin previo aviso, sin esperar a que tu coño despierte, sin importarle si estás mojada, en realidad, sabiendo que no lo estás. Aquella que duele al entrar porque no la esperabas, un poco, un pellizco de dolor que se encarga de sacarte de tu ensueño. Un pellizco que produce una leve protesta, leve, un «¡Au!» con la boca pequeña. Porque lo que ocurre después, y lo sabes, es que ese ser insolente va a hundirse hasta el fondo y tu cuerpo se va a estremecer de arriba abajo reaccionando de inmediato. Ese «¡Au!»

Tu culo acompañará el ritmo del cuerpo que mueve ese pene insolente, agradeciendo ese repentino calor, mezclado con sueño, mezclado con una leve rebeldía, tan leve como el «¡Au!» mezclado con unas repentinas e intensas ganas de follar muy fuertes.

Nos hemos acostado tarde, embriagados de la novedad, de buen tequila, de las risas provocadas por la estupefacta cara de mi amante cuando le reto al sexo público. Reto que siempre lleva a cabo, obediente. Pretendiendo serlo.

Fuera de la cama domino la situación, cada encuentro, la conversación, regada siempre de un tinte algo despectivo e irónico. Me encanta regañarle, por nada y por todo. Según le veo llegar siento siempre lo mismo, siempre. Ganas de postrarle a mis pies, y ternura. Mucho mas de lo primero, que de lo segundo.

–No entiendo porque me gustas… tanto –le repito cada vez.

–Yo sí sé porque me gustas tú –responde.

Las horas transcurren llenas de incertidumbre, los planes se desbarajustan según empezamos a tocarnos, besarnos, chuparnos los dedos que chorrean el jugo de mis adorados langostinos o la comisura de la boca regada por un tequila que se escurre de la misma porque ya no aciertas a saber donde está. Nos inventamos la noche según nos apetece, nos dejamos llevar por no sé qué. Porque da igual, verdaderamente da igual. Estar juntos es el éxtasis. Todo.

Mi juego de dominatrix termina cuando le pido que busque un hotel. Siempre busca el que esté mas cerca, porque ahora le toca el turno a él.

Nunca recuerdo la cara de ningún recepcionista porque solo miro a mi amante pidiendo lo que le apetece a él, ignorándome.

Lo siguiente, cómo me arranca la ropa, muerde y aprieta mi piel, mis pechos, mi culo, con unas manazas que ocupan todo. Buscándolo, buscándome. Su pene insolente bramando tras el pantalón como si fuera a la guerra y esta se tratara de una batalla de vida o muerte. Su pene insolente dándome la puta vida.

Y me encuentra, me encuentra enseguida, y me coge, sin preguntar, ignorándome, todo el rato.

¡Au!

Fuente: Lelo.com

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